Era un día como cualquier otro, me calcé las botas, mi ropa Pampero, mi morral y me fui a trabajar como todos los días. Era un día de muchísimo calor affff! Caminaba por calle Montevideo y cuando llegué a la avenida Nueva York sólo deseé tirarme de cabeza al río. Pero, no, debía entrar a la fábrica que me da de comer como todos los días.
Agarré
mi correspondiente soldadora, saludé a los muchachos de la cabina, bajé el
cubreojos y me puse a soldar. Me pareció raro que moldeable que estaba viniendo
el hierro pero igualmente seguí. En eso sentí que una pesada mano se posó sobre
mi hombro, era Cacho que se me acercó al oído.
-Hoy
nos juntamos en la entrada de la alameda a las 8, no faltes.
Cuando
el reloj marcó las 7 dejé mi soldadora en su lugar, agarré mi morral y me fui
masticando un sándwich. Me dirigí al lugar indicado por Cacho y en eso vi que
se acercaban cuatro compañeros con el semblante expresando entusiasmo.
-
Hoy vamos todos a Plaza de Mayo, tenemos que estar en el levantamiento.-Dijo
uno de los muchachos
Inmediatamente
sentí un frenesí terrible y subimos los cinco al Gordini de Cacho.
Cuando
llegamos a la plaza sentí una daga en el pecho cuando oí las palabras del
General. Metralletas en mano, bombas preparadas y cantos al unísono era todo el
paisaje que se veía con un solo objetivo: pedir que se termine con la
persecución a los compañeros peronistas.
El
entusiasmo me duró poco porque inmediatamente una bomba contraria estalló al
lado de mi pie y me explotó. Cacho me llevó en andas debajo de un banco para
refugiarnos y así lo hicimos. Sobrevivimos.
Me
pasé una semana entera internado en el hospital de Berisso. Los días se me
hacían interminables y mi pié mejoraba de a poco. Cacho vino a visitarme un
día, lo vi recostado sobre el marco de
la puerta, yo lo vi por detrás de un vidrio y le hice una seña para que pase.
Lo noté temeroso y con los ojos llenos de lágrimas. Yo me esperaba lo peor,
presentí que el buen muchacho me quería dar la mala noticia de que uno de los
cumpas murió en el levantamiento y así fue. Sentí que se me heló la sangre y
estallé en llanto. Juré que por siempre los recordaría y los vengaría en su
memoria.
Fue
duro pasar un mes haciendo reposo con lo acostumbrado que estaba a ser
movedizo, militar, trabajar y hacer peñas. Aproveché para dedicarle más tiempo
a la lectura, actividad que tenía postergada por tanto trabajo. Por suerte, un
muy buen día primaveral me reincorporé a mis funciones en la fábrica; todo
seguía igual. Ya nadie hablaba del Cuchu que había muerto aquel trágico día en
la plaza. Yo coloqué una baldosa con su nombre en su memoria.
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